Inteligencia artificial y cultura: Inteligencia artificial y cultura: ¿el nuevo choque de clases?
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Según diversos analistas de tendencias sociales de los últimos años, la llegada de la IA, más allá de sus aplicaciones técnicas y profesionales, está revolucionando la forma en que consumimos y accedemos a la cultura y la información.
Y, según estas opiniones, el impacto no siempre es positivo.
De hecho, parece que la IA se está extendiendo cada vez más a nivel «popular», convirtiéndose en el principal medio de aprendizaje. Con todos sus pros y sus contras. Porque, si bien es cierto que cualquiera puede plantear preguntas a los distintos modelos y recibir respuestas más o menos satisfactorias, esto rara vez se traduce en un crecimiento real, en un pensamiento crítico o en el desarrollo del pensamiento lateral. Al contrario: la mayoría de las veces nos conformamos con la respuesta prefabricada. Esto provoca una nivelación por lo bajo, regida por patrones estandarizados y preestablecidos que de hecho determinan, cuando no dirigen, nuestra curva de aprendizaje.
En cambio, el verdadero crecimiento cultural —nutrido de lecturas, análisis crítico y estímulos creativos— está quedando relegado a las clases más acomodadas, que pueden permitirse modelos y herramientas de aprendizaje que estimulen un desarrollo intelectual exponencial. Es decir, lo que era habitual hace apenas unas décadas se ha convertido hoy en un fenómeno elitista (sobre esto, haz clic en el enlace al final del texto para saber más).
¿Es esto cierto o no?

¿Una elección de inmediatez o una necesidad económica?
Como suele ocurrir, la verdad está en el punto medio. Hay dos factores cruciales que juegan a favor de la IA:
- Practicidad: la IA hace que todo sea más sencillo e inmediato. Sin embargo, se queda en un nivel mínimo; para ir más allá, se requiere un esfuerzo voluntario de investigación y análisis por parte del individuo. Una voluntad que, inevitablemente, se moldea en el entorno familiar y social de origen. Es lógico que si, por poner un ejemplo sencillo, un adolescente no recibe estímulos culturales y se le deja a solas con un dispositivo móvil, este acabe siendo su universo. El joven siempre buscará el camino más fácil y cómodo. Es como querer aprobar con excelentes notas los exámenes de la carrera estudiando resúmenes de cien páginas en lugar de los manuales de más de mil recomendados en el programa (quienes tengan una formación humanística sabrán bien de qué se habla).
- Costes: la cultura suele tener un precio elevado. Por el contrario, crear productos con IA suele tener costes mínimos o nulos. La producción cultural —ya sea publicar un libro, montar una obra de teatro, estudiar a ciertos niveles o rodar una película— requiere desembolsos considerables, a menudo prohibitivos para el ciudadano medio. Además, el acceso a estos bienes tampoco es fácil para muchos niveles de ingresos, por no hablar de la constante subida de precios de los libros, las entradas y el acceso a eventos culturales.

Ciclos que se repiten en la historia
Sin embargo, si nos detenemos a hacer un análisis histórico-social, veremos que este problema no es nuevo, sino muy antiguo.
En los siglos pasados, la cultura fue siempre patrimonio exclusivo de las clases más acomodadas, tanto en lo que respecta a la educación como al acceso y disfrute de los bienes culturales. De hecho, la brecha era aún más profunda. Las clases desfavorecidas, el pueblo llano, tenían que conformarse la mayoría de las veces con la transmisión oral, tanto para aprender como para entretenerse. Con todas las limitaciones y sesgos subjetivos que conlleva transmitir hechos, historias y teorías de viva voz.
No es casualidad que las obras de tantos artistas, su ingenio y su creatividad, solo pudieran ver la luz gracias al patrocinio de ricos mecenas.
Como decía el viejo refrán de origen religioso (después de todo, la cultura estuvo estrechamente ligada a la Iglesia durante siglos), «sin dinero no se cantan misas».

¿La solución? Un menú a la carta antes que un *all you can eat*.
¿Pero cómo podemos salvar esta brecha hoy en día? Las plataformas tecnológicas nos venden a menudo una ilusión muy fácil: la posibilidad de tenerlo «todo», de saberlo «todo», de acceder a cualquier cosa.
Lo que falta hoy en día es una capacidad real de selección. De elección. Saber hacia dónde dirigirse cuando nos encontramos ante una encrucijada o, más frecuentemente, ante una auténtica bifurcación de caminos.
Solo así es posible optimizar nuestros recursos de manera provechosa y elegir un camino que fomente nuestro desarrollo personal.
Un gasto que asumir, desde luego, pero bien enfocado. Y que, con un poco de planificación, resulta mucho más llevadero.
Al fin y al cabo, es mejor ser especialista en algo que aspirar a ser esa pequeña enciclopedia de «un poco de todo», ¿no?
Referencias
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