La biblioteca personal, el crucero de la evolución humana

Il CEO - Team Fabulè - - 5 min

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Hace poco abordamos el tema de la compra compulsiva de libros desde dos perspectivas:

  1. El problema de la acumulación;
  2. El ritmo de lectura.

Hay quienes, como ya vimos, comparan su biblioteca con una buena bodega, donde cada libro es un vino que debe descorcharse y disfrutarse en el momento oportuno, sin prisas. Nosotros preferimos verla como un "tesoro" personal y atemporal, donde cada volumen puede cobrar protagonismo cuando su dueño decida que es el momento adecuado, sin fechas de caducidad ni la obligación moral de leerlo inmediatamente tras comprarlo.

El verdadero significado de una biblioteca abundante

Volvamos a este asunto, pero esta vez no para preguntarnos "cuándo", sino "por qué". ¿Por qué tendemos a comprar y acumular libros? Es una práctica mucho más común de lo que se cree en todo el mundo. De hecho, en la cultura oriental, la compra compulsiva de libros tiene un nombre muy específico: Tsundoku. Sin embargo, a diferencia de la perspectiva occidental, que suele ver este hábito con ojos negativos o críticos, en Japón tiene un significado completamente distinto. El Tsundoku se considera, en realidad, una forma de "rodearse de posibilidades". Esta visión es compartida en Occidente por grandes pensadores. Autores como Borges, Manguel, Taleb o Eco (les invito a consultar el enlace al final para saber más) son solo algunos de los que ven en una colección de libros pendientes un auténtico tesoro de oportunidades. Se trata de un verdadero capital cognitivo: un cofre de herramientas listas para cuando se necesiten, un abanico de posibilidades siempre a nuestro alcance, un pasillo infinito de puertas entreabiertas. Un patrimonio que no representa lo que ya sabemos, sino lo que todavía nos queda por descubrir.

Cómo nuestras lecturas guían nuestra evolución personal

El quid de la cuestión es precisamente este: la diferencia entre lo ya leído y lo que queda por leer. Tener una colección de obras conocidas es gratificante; aporta peso y solidez a nuestro bagaje cultural. De vez en cuando, resulta placentero y revelador releer un libro, revisar ciertos capítulos y reflexionar sobre ellos desde una nueva perspectiva. Sin embargo, siempre se tratará de un terreno conocido que ya forma parte de nuestro bagaje. En cambio, conservar libros aún cerrados nos sitúa ante una encrucijada de oportunidades, un abanico infinito de direcciones por recorrer. Esto nos permite a cada uno, desde nuestra propia experiencia y elecciones, trazar el rumbo de nuestro crecimiento intelectual y la evolución de nuestro pensamiento crítico, abriendo ramificaciones imprevistas y fascinantes. Es un cultivo constante de conocimiento e ideas cuyo ritmo marca exclusivamente el lector. Además, hay un beneficio añadido que no debemos pasar por alto: la resistencia a la uniformidad. Solo mediante nuestras propias elecciones intelectuales podemos pensar por nosotros mismos, sin necesidad de adaptarnos al criterio ajeno. Bien mirado, una biblioteca es como un retrato o una instantánea de la identidad de quien la posee: los libros que la habitan hablan de lo que nos gusta, de lo que buscamos, de aquello con lo que nos identificamos; revelan quiénes somos, quiénes nos gustaría ser y en quién nos queremos convertir. Pero no es un elemento estático. Del mismo modo que evolucionamos y cambiamos con los años —transformando nuestras ideas, perspectivas y pensamientos—, la biblioteca nos acompaña en este desarrollo, trazando el rumbo de nuestro crecimiento y sirviendo de brújula en el camino que hemos elegido. Nada mal para algo que algunos consideran un mero hábito de acumulación costoso e innecesario.

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